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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Conozca Escocia, tierra mítica e indómita que conserva su leyendas


Es un país donde la naturaleza no ha sido domesticada por la civilización y la luz es más clara que en otras partes. Sus paisajes parecen creados para servir de escenario en las películas. Tal vez esto sea a causa de su posición geográfica, que llega hasta los 60 grados norte en las islas Shetland, aunque de pronto ayuda la falta de contaminación. También es mística por sus raíces celtas y gaélicas, sus mitos de enanos, gnomos y monstruos y sus castillos fantasmagóricos medievales, semiderruidos y medio abandonados.

Es también mística por la resistencia milenaria que sus habitantes han presentado contra los ingleses, que podría llevarles en los próximos años a celebrar un referéndum de independencia.

Las Highlands (Tierras Altas) escocesas estuvieron habitadas desde el Neolítico, cuando apenas había unos pocos miles de seres humanos sobre la Tierra. ¿Qué se les había perdido tan al norte, en un lugar tan duro?

Durante milenios, esta fue una tierra habitada por gentes llegadas del mar, principalmente de Escandinavia y de Irlanda. Y por un pueblo, el picto, que dominó la región y fue extinguido por eliminación y mestizaje.

Las Highlands son un paraíso muy poco poblado, pespunteadas por lagos y montañas abruptas formadas en las épocas de las glaciaciones. Inverness es la capital de las Highlands y la puerta de acceso al famoso Loch (lago) Ness, con su monstruo legendario, 'Nessie' -al que si uno le pone imaginación seguro que ve-, y lo que queda del castillo de Urquhart, presunta sede del encuentro entre el jefe picto Bridei y Columba, un santo irlandés que cristianizó a los escoceses. De aquella época, en el siglo VII, es la primera mención escrita de 'Nessie'.

Desde Irlanda, tras Columba, llegaron también el whisky y los escotos, cuyo jefe, Kenneth McAlpine, reunió por primera vez a los escoceses bajo la misma autoridad y le dio el nombre de Scotia.

Es recomendable una visita a algunas de las islas Hébridas, archipiélago situado frente a las costas occidentales de Escocia. Merecen el viaje Skye -y una visita a su castillo de Dunvegan y a la destilería del afamado whisky Talisker, en Carbost- e Islay, un concentrado de destilerías donde parece que todo gira en torno al whisky.

A Islay tendrá que desplazarse en barco, pero a Skye podrá hacerlo por carretera, gracias al puente que une la isla con la localidad marinera de Kyle of Lochalsh. A la vuelta de Skye, en dirección a Fort William, pase por Glen Coe, un pequeño, monumental y espléndidamente verde macizo montañoso que parece sacado, como otras carreteras que se acercan a la isla, de la película 'El señor de los anillos'.

Las Highlands y las Hébridas están repletas de 'bed and breakfast', pequeños establecimientos familiares de hospedaje, donde conocerá el plato nacional, el 'haggis', mezcla de tripas de cerdo con avena.

Al sur de las Highlands están las Tierras Bajas Centrales, menos montañosas y donde están la mayoría de la población y sus dos grandes ciudades, la industrial y bulliciosa Glasglow y la burguesa y elegante Edimburgo, la capital. Edimburgo es el centro de la vida intelectual del país, su universidad es prestigiosa y acoge, además de un festival de teatro en agosto, museos y centros culturales. Es obligada la visita a su imponente castillo, construido en el centro de la ciudad sobre un promontorio volcánico.

La leyenda dice que por el castillo deambulan un gaitero sin cabeza y un perro fantasma, pero un servidor, después de buscarles tras pasillos, no encontró más que un pequeño cementerio de mascotas.

La subida a pie hasta el castillo merece la pena aunque sólo sea por la impresionante vista sobre la ciudad. Si el viajero deambula por Edimburgo en agosto, vivirá el hervidero en que se convierte por cuenta de las actividades paralelas al Festival de Teatro.

Glasgow, por su parte, es una ciudad obrera donde se construyeron los buques de la flota civil y militar británica. Tiene fama de fea y sucia, pero en realidad es amable, se está renovando y su vida nocturna es mejor que la de Edimburgo.

Los escoceses tienen entre sus ídolos nacionales a William Wallace -el guerrero escocés que protagonizó Mel Gibson en Braveheart- y al poeta romántico Robert de Bruce. Pero ese mismo carácter guerrero, valiente y noble no va reñido con la modernidad.

A la salida del castillo de Edimburgo, mientras pasea por la bella Royal Mile que atraviesa el centro de la ciudad, verá a esos mismos hombres y mujeres de aspecto fornido -en algunos casos excesivamente fornidos- intentando vender en sus tiendas de souvenirs. Lo cortés no quita lo valiente.



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