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martes, 21 de junio de 2011

EL HADA DEL TALENTO “La leyenda del hada del talento”


Marquitos regresaba a casa después del colegio pensando en la leyenda que su querida profesora les había contado antes de finalizar la última hora de clase.
“La leyenda del hada del talento” dejaba boquiabiertos a todos sus compañeros, y a él mismo, pues en la inteligente boca de su profesora, cualquier historia adquiría un interés mucho mayor que relatada por cualquier otra persona.

Ella les había contado que cada noche, cuando los niños caían en el más profundo de los sueños, el hada del talento se colaba por el casi imperceptible hueco que dejaban las ventanas. Se acercaba hasta el rostro del niño dormido, y suavemente besaba la punta de su nariz, para después volver a salir de la habitación a la busca de otro niño dormido al que regalarle otro beso.
Ese era un beso mágico.
Cada beso que el hada propinaba sobre la nariz de un niño, insuflaba un poco más de talento para que éste al estudiar fuera capaz de aprender más rápido, aumentando el
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talento para que los niños lograran ser cualquier cosa que desearan en su vida. Siempre y cuando ampliaran ese talento con un buen estudio, y obediencia a sus padres, quienes les ayudarían a aplicar siempre el talento que el hada les sumaba noche a noche.
Marquitos desde pequeño soñaba con ser inventor, y que cuando fuera mayor sus creaciones fueran usadas por todo el mundo haciendo que la gente hablara de cómo él había logrado mejorar la vida de la gente.
A veces pensaba en que le gustaría inventar un coche que funcionara con agua para que así no se llenaran las ciudades de humo. O comida pequeña que alimentara mucho, para que los niños de los países pobres, dejaran de pasar hambre, y no salieran en los telediarios con las barriguitas hinchadas y moscas en la cara. Esa una de sus mayores ilusiones. Ser el inventor que cambiara la vida de todos esos niños, que no tenían la suerte de vivir en una ciudad como él y que posiblemente no pudieran aplicar todo el talento que el hada les daba también a ellos. Pues como decía la profesora, todos los niños del mundo son iguales. Sin importar el color de su piel, o el idioma que hablen. Y Marquitos creía todo lo que ella le decía.
Mientras caminaba de regreso a casa con la mochila de los libros cargada sobre la espalda, Marquitos pensaba en cómo para hacer realidad su sueño de convertirse en inventor, necesitaba toda la ayuda que el hada del talento le pudiera dar. Y mirando al suelo, soñaba despierto en qué debía hacer para que el hada del talento le diera más de un beso por noche. Es más, puede que si fuera él el que le diera un beso al hada, recibiera de una vez todo el talento posible. Y ser un gran inventor lo lograría mucho más rápidamente.
Llegó a casa, y después de merendar, mientras contaba a sus amados padres todo lo que había aprendido ese día en la escuela, incluyendo la historia del hada del talento y
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su idea de besar al hada, corrió hasta su habitación y mirando la ventana por la que se suponía se introducía, comenzó a pensar en que podía hacer para atrapar al hada sin hacerle daño, aunque solo fuera el tiempo suficiente para darle un beso, y después dejar que se fuera a besar a otros niños, que seguramente también estarían deseando ser visitados por el hada del talento. Miró de un lado a otro de la habitación durante casi una hora, hasta que un buen número de ideas se le aparecieron y comenzó los preparativos para elaborar su plan de atrapar al hada del talento.
Lo primero que hizo fue en lugar de cerrar completamente la ventana como hacía todas las noches, dejarla medio abierta, con la persiana también medio abierta. Lo cual haría que el hada entrara por ese hueco que él dejaba, sin tener que buscar la pequeña y para él invisible rendija, que usaba el resto de las noches.
Colocó sobre el marco de la ventana un cubo de plástico atado del asa con la cuerda de su peonza, y cubrió el interior del cubo con trapos de cocina que su madre le había dejado. A fin de que cuando el hada moviera un poco la ventana y el cubo cayera y la atrapara, los paños del interior hicieran que no sufriera ningún daño.
Pero el pequeño Marquitos sabía que las hadas no tenían edad, que a pesar de su aspecto juvenil puede que fueran mayores que los abuelos de sus abuelos de sus abuelos. Y con tantos años y regalando talento a los niños como lo hacían, debían ser muy listas. Lo suficiente como para que un cubo atado con una cuerda encima del marco de una ventana no fuera suficiente como para atraparlas. Así que decidió seguir colocando más artefactos en la habitación que le ayudaran a conseguir su objetivo.
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Las hadas son seres mágicos y buenos, como los reyes magos, pensó Marquitos. Y cada año, cuando llega el día de reyes, la familia de Marquitos les deja una taza de chocolate sobre la mesa del salón, junto a un vaso de zumo, para que recuperen fuerzas para su viaje. Puede que entonces esas dos mismas cosas atrajesen también la atención del hada. Así que con la ayuda de su madre preparó una gran taza de chocolate, y un vaso de zumo que dejó encima de un patín junto a la pata de la cama en la que él dormía.
Entre el patín y la cama colocó el atrapamariposas que usaba cada verano en el pueblo de los abuelos, para cazar mariposas y después liberarlas sin haberlas hecho daño, no sin que antes su abuelo le explicara de donde sacaban los colores, y como antes de ser bellas mariposas eran feos gusanos. Cosa que hacía a Marquitos comprender que algunas veces lo que empieza siendo algo feo, acaba convirtiéndose sencillamente en algo precioso. Como el patito feo que al final se transformaba en cisne, y que era el cuento favorito de todos los que leía su madre muchas veces antes de meterse en la cama, junto con el de Hansel y Gretel.
Cuando el hada se apoyara sobre el patín para beber el chocolate y el zumo, por muy poco que se moviera, las ruedas se deslizarían hacia delante, chocarían contra el mango del atrapa mariposas, y este suavemente caería atrapándola. Era un buen plan.
Pero tal vez el hada lograra esquivar sus dos pequeñas trampas, y sólo lograra recibir el beso que según su profesora cada noche sin que él lo supiera el hada le daba en la punta de la nariz. Así que debía tener un tercer plan.
Y para esa tercera trampa necesitaba la colaboración de su pequeño “Papitos”.
“Papitos” era un osito de peluche que cuando detectaba un movimiento delante de él abría los ojos y comenzaba a dar volteretas por el suelo. Su abuela Delfina se lo había 4
regalado por su quinto cumpleaños, y aunque desde eso ya había pasado más de una año, y tanto por el día de reyes como por su sexto cumpleaños había recibido varios regalos más, “Papitos” seguía siendo su juguete favorito, pues le encantaba como comenzaba a dar volteretas sobre si mismo cada vez que pasaba junto a él en la habitación.
Pero esa noche tenía una misión para él, y esperaba que su fiel compañero no le defraudara en la ayuda que necesitaba.
Colocaría a “Papitos” en la mesilla con la cabeza en la que tenía el sensor mirando hacia su cabeza sobre la almohada. Y así cuando el hada se acercara a su nariz para besarla, si es que lograba burlar sus dos anteriores estratagemas. “Papitos” comenzaría a saltar hasta caer al suelo, lo que sin duda despertaría a Marquitos, y una vez despierto podría atrapar al hada. O al menos lograr hablar con ella para pedirle que le dejara darle un beso, pues necesitaba mucho talento para convertirse en un importante inventor que ayudara a la gente, como el que inventó las medicinas y la música. Bueno, y las golosinas también.
Aquella noche casi no pudo cenar de lo nervioso que estaba por todo cuanto debía ocurrir después de que se metiera en la cama, y eso que para cenar su madre le había preparado un huevo frito con patatas también fritas. Era la noche del huevo y las patatas porque era jueves. Los lunes pescado, martes verdura, miércoles carne, jueves huevo y patatas, viernes fruta, sábado un poco de todo, y los domingos lo que Marquitos quisiera. Así comía de todo un poco y crecería hasta convertirse en un joven fuerte y con una buena salud. Y a Marquitos le encantaba que su mamá lo hiciera así, porque cada día descubría un sabor nuevo, diferente al de la noche anterior.
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Al final se metió en la cama media hora antes de lo que lo hacía otros días. Y después de preparar todos los artilugios para atrapar al hada del talento, incluyendo a su amigo “Papitos” sobre la mesilla. Se metió en la cama con una enorme sonrisa en su boca, sintiéndose muy satisfecho por la labor que había hecho. Puede que al final no lograra atrapar al hada, pero se lo había pasado muy bien preparándolo todo, y eso era lo principal. Papá siempre decía que ganar no es lo más importante, y ahora se daba cuenta de por qué lo decía.
Aunque creía que le costaría mucho más, en menos de diez minutos ya estaba completamente dormido. Soñando con que jugaba al fútbol en el recreo con sus compañeros de clase y que él lograba meter el gol de la victoria para su equipo cuando estaba a punto de sonar la sirena que indicaba que debían regresar a sus pupitres. Pero en lugar de sonar la sirena, lo que Marquitos pudo oír con total claridad era como “Papitos” caía al suelo desde la mesilla, y comenzaba a dar volteretas en el suelo despertándole.
De un bote se puso sentado sobre la cama, y lo primero que hizo fue mirar hacia la ventana. El cubo había caído, pero desde la cama podía ver como el interior cubierto de los paños de cocina estaba vacío. Avanzó a gatas hasta los pies de la cama y miró como tanto la taza de chocolate, como el vaso de zumo de naranja estaban vacíos. Y aunque el atrapa mariposas había caído tal y como él había previsto, no había logrado atrapar al hada. Sus dos primeros intentos habían fallado.
Pero si “Papitos” había dado volteretas es que el hada aún continuaba en la habitación, y retrocediendo hasta la almohada empezó a mirar hacía todos los rincones de la habitación, pues esa noche había dejado todas las luces encendidas para poder ver
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mejor al hada y no asustarla si las encendía de golpe. El hada del talento seguía allí. Sentada sobre la parte superior del armario de los juguetes, mirándole mientras le sonreía.
Marquitos la miró con tristeza, y ella, agitando sus bellas alas, voló por la habitación hasta posarse sobre la cama muy cerca de sus pies.
- Hola Marquitos – le dijo con alegría
- ¿Eres el hada del talento? – le preguntó sintiéndose un poco triste pues pensaba que por haber intentado atraparla ya no recibiría su beso.
- Si, ¿me conoces? – le preguntó mientras empezaba a volar por la habitación, dejando detrás de su vuelo una hermosa estela de colores brillantes.
- Mi profe me ha contado tu historia y quería atraparte para darte un beso, y que así me dieras mucho más talento – le dijo poniéndose colorado como cuando Elenita le sonreía.
El hada volvió a posarse sobre la cama.
- ¿Y por qué quieres más talento? – le preguntó el hada
- Porque quiero ser inventor – le contestó con rapidez – y para eso necesito ser muy listo.
- Pero ya eres muy listo
- Quiero serlo más – se confesó Marquitos
- De acuerdo – dijo el hada
El hada se posó sobre la mano de Marquitos, y este, muy ilusionado y con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas, le dio un cariñoso beso al hada. Para que ésta después comenzara a volar hasta ponerse de pie sobre sus rodillas.
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- ¿Te sientes más listo ahora? – le preguntó
- No – contestó tras pensarlo durante unos segundos
- Eso es porque yo no hago que los niños sean más listos. Sólo los niños sois capaces de haceros más listos, si sois buenos en el colegio y atendéis a las enseñanzas de vuestros profesores.
Me has dicho que quieres ser inventor, y sólo tienes seis años.
Marquitos asintió con la cabeza.
- Fíjate, en tan solo un día has creado tres trampas para intentar atraparme con cosas que tenías en tu casa. Y eso sólo es capaz de hacerlo un niño con mucho talento.
Pero eso no es todo. Para una de tus trampas has empleado a tu amigo “Papitos”, y eso te debe servir para comprender que por mucho talento que una persona tenga, siempre necesita de algún compañero que le ayude a hacer las cosas, como tú has pedido ayuda a “Papitos”.
Marquitos sonrió. El hada tenía razón. Había pasado toda la tarde inventando cosas para atrapar al hada, y para ello no había necesitado besarla, porque todo lo había hecho con cosas que le enseñaban en el colegio como el movimiento de las cosas, la ley de la gravedad, o como su abuelo le enseñaba a cazar mariposas. Y para finalizar había pedido ayuda a su fiel “Papitos” en el intento final.
El hada del talento comenzó a volar por toda la habitación hasta posarse junto a la ventana de su cuarto, desde donde le miró sonriéndole.
- Adiós Marquitos, pequeño inventor.
- ¿Te vas a ver otros niños? 8
- Así es
- ¿Vendrás cada noche a besar mi nariz? – le preguntó
- Por supuesto Marquitos. Pero ya no tendrás que despertarte nunca, porque ahora ya sabes que tú eres lo más importante para convertirte en un gran inventor. Y para hacerlo debes estudiar, y aprender mucho de todas las personas de las que puedas aprender algo que tú no sepas.
Adiós Marquitos, felices sueños.
El hada del talento salió volando por la ventana. Y Marquitos recogió a “Papitos” del suelo y lo volvió a colocar sobre la mesilla.
- Gracias “Papitos” – le dijo a su peluche amigo.
Después se giró y volvió a quedarse dormido en poco tiempo. Ya no tenía que preocuparse por conseguir talento para ser más listo. Porque ya lo tenía. Y el hada del talento le acababa de enseñar cómo tenía que utilizarlo.
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