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martes, 17 de enero de 2012

Leyenda: el fantasma Caprioli ronda las tumbas del Cementerio del Oeste

Misterioso tributo: A las tumbas de estos tres famosos delincuentes nunca les faltaron flores.

Su capacidad para escapar como por arte de magia le valió el mote de “Fantasma”, aunque era más conocido como el “Vivo”. Nacido el 24 de septiembre de 1910 en Chacabuco, en el seno de una familia de laburantes, no le hizo honor a esa tradición y eligió un camino más corto: robar.
Después de cursar la escuela primaria a los 15 años abandonó el secundario y formó una patota que se caracterizaba por cometer hechos de violencia.
Poco tiempo pasó para que emigrara hacia Buenos Aires donde, acompañado por su inseparable Colt 45 empavonado en negro, Antonio Caprioli se especializó en asaltar a cobradores industriales, robos que le permitía pagar su estadía en un viejo “aguantadero” de la Avenida Avellaneda.

Su “fama” creció en el ambiente delictivo local hasta que comenzó a recibir encargos y servicios de varias bandas. Y así fue como conoció a Rogelio Gordillo, alias “El Pibe Cabeza”, quien en la década del ’30 lideró uno de los grupos delictivos más temidos del país que azoló durante casi una década buena parte de la provincia de Buenos Aires y el sur de Santa Fe.
Se hicieron muy amigos y el “Vivo” se convirtió en su lugarteniente de Gordillo y cerebro de la banda.
Su rol era clave ya que planeaba los atracos y también se encargaba de la logística. Pero a pesar de su capacidad y la facilidad que tenía para “evaporarse” y huir cuando su pellejo estaba en juego, Caprioli terminó sus días en Junín, su último escondite.
Las versiones sobre ese episodio difieren con respecto a detalles secundarios. Algunas hablan de junio del ’36 y otras de julio del ’37, pero el lugar es el mismo: la quinta de la familia Grau, ubicada en inmediaciones de donde hoy se encuentra el complejo deportivo del Colegio Marianista. El “Vivo” y dos de sus cómplices, Froilán “Nene” Martínez y Juan De la Fuente, habían llegado a esa finca sin que nadie supiera quienes eran en realidad (dicen que se presentaron como viajantes), escapando de la Policía, que les pisaba los talones tras un tiroteo en el barrio porteño de Mataderos, donde había caído abatido nada menos que su líder, “El Pibe Cabeza” (Ver recuadro).
Para entonces Caprioli, que participó del enfrentamiento donde murió su jefe, había tomado el mando de la banda. Cuando llegaron a esta ciudad procedentes de San Nicolás, donde habían buscado refugio, arrendaron dos habitaciones. Pensaron que en el interior estarían más seguros porque donde los estaban buscando fuertemente era en la Capital Federal. Incluso se habían realizado varios allanamientos y en uno de ellos detectaron a algunos de los integrantes de la banda y el propio Caprioli, quien logró escabullirse haciendo honor a su otro apodo: el “Fantasma”.
Durante su estadía en Junín, el “Vivo”, de pelo castaño claro y peinado hacia atrás, era el que más se relacionaba con los parroquianos del lugar. Su aspecto no despertaba sospechas ya que era un hombre de buena apariencia que se vestía muy elegante y además conducía un Ford último modelo que los encargados de la quinta le permitieron ocultar bajo unas lonas en la parte trasera de la propiedad.
Su nivel de vida llamaba la atención, aunque nadie se animaba a preguntarle de dónde sacaba tanto dinero. Es que desde el momento en que “el Pibe Cabeza” murió y él quedó como jefe de la banda, se dedicó -junto a sus cómplices- a cometer varios robos que le aportaran dinero suficiente para seguir escapando.
Sin embargo, la Policía tenía datos certeros sobre la posible ubicación de estos famosos ladrones, y todo surgió por una carta de amor.
En Buenos Aires, estos delincuentes tenían novias -había otras mujeres en otros sitios- a las que visitaban con frecuencia irregular teniendo en cuenta su “ocupación”.

Una ladrón romántico

Pero el “Nene” Martínez se había enamorado de una joven, Ana Magadán, a quien ya hacía muchos meses que no veía. Mientras acompañaba a Caprioli en Junín junto a De la Fuente, le escribió una carta pidiéndole que viniera a visitarlo. Ese fue el principio del fin de la banda.
La misiva tenía como destino una pensión donde vivía la mujer, lugar que la Policía tenía bajo vigilancia por haber visto salir de allí a Martínez y a algunos de sus compañeros (hay versiones que dicen que Caprioli y Gordillo salieron de esa propiedad la noche del tiroteo en el que murió el líder de la banda).
Los investigadores tomaron contacto con la carta escrita por Martínez y descubrieron el lugar donde se ocultaba la banda. Pero aún así la Policía dejó que llegara a la mujer. En el texto el “Nene” le pedía a su amada que lo fuera a visitar porque la extrañaba mucho.
Con esa información sólo era cuestión de esperar que la novia emprendiera su viaje. Y así fue.
Una gran comitiva policial llegó hasta Junín, reforzada con personal de Mercedes y efectivos locales. El lugar era el indicado.
Poco demoraron en rodear la zona y entre los primeros minutos del nuevo día y las 5 de la mañana de ese mes de julio de 1937, la quinta de la familia Grau vivió un infierno de balas.
Cuando escucharon la orden de rendirse y, sabiendo que no tendrían escapatoria, Caprioli, Martínez y De la Fuente intentaron lo imposible: la última fuga.
Se hizo un silencio sepulcral durante algunos minutos hasta que lo interrumpieron las detonaciones del arma de Martínez. Sin embargo, dos disparos en la frente de este romántico ladrón fueron suficientes para que falleciera en el acto apenas salió de la habitación que ocupaba junto a De la Fuente.
El segundo en salir fue Caprioli envuelto en el colchón de lana de su cama, que le sirvió de poco. Cuando cayó a pocos metros de su Ford el escudo que había improvisado tenía al menos 20 perforaciones.
El tercero no quiso morir a manos de la Policía y encerrado en la pieza que compartía con Martínez destapó un frasco con veneno y se lo tomó, pero antes de que pudiera tragarlo recibió varios balazos que acabaron con su vida.
Después de sus muertes, el mito de la famosa banda de “el Pibe Cabeza” se agigantó. Los cadáveres de estos tres famosos delincuentes quedaron en Junín porque ningún familiar los reclamó -el de Gordillo fue trasladado a La Plata-.
Hoy las sepulturas se encuentran en el Cementerio del Oeste, donde nació otra leyenda alimentada por una visita misteriosa que rinde un tributo.



La historia de la
misteriosa mujer
que los visita en
el cementerio

Ese enigma fue investigado por LA VERDAD, y descubrió la historia de una mujer y su eterno agradecimiento a estos hombres que gran parte de la sociedad despreciaba.
El relato de Carlos Barrios, encargado y conocedor de todos los rincones del cementerio ubicado en avenida Libertad, es tal vez la prueba más fiel de aquella desconocida y el rito que todos los meses venía a cumplir a Junín frente a esa tres tumbas.
“Hace unos cuatro meses que no se la ve por acá, pero hasta ese momento venía puntualmente cada treinta días. En las últimas visitas se la veía ya anciana, incluso se movilizaba en una silla de ruedas acompañada por otra persona. La última vez que estuvo fue en agosto, pero durante muchísimos años depositó flores en las tumbas”, contó Barrios en una entrevista con este diario.
A pesar de desconocer el nombre de la mujer, Barrios dijo que “ella siempre decía que era una mujer agradecida”. ¿Por qué? Todo comenzó en el ’30 en General Arenales. En esa época una de las peores plagas era la langosta. Una manga había arrasado con un lote sembrado en una pequeña chacra propiedad de una humilde familia, que había perdido todo.
De acuerdo a lo que alguna vez se animó a contarle esta mujer a Barrios, una mañana ingresó al campo “una ‘Vitoure’, posiblemente una Ford A 31, de la cual descienden tres hombres muy bien vestidos, de traje. No sé por qué ingresaron, pero el más alto (Caprioli) le dijo al hombre: ‘qué le pasa mi amigo’... El campesino le dijo que había perdido todo por las langostas, y que ‘este año nos vamos a morir de hambre’. ‘Che Nene (Martínez), trae eso para el hombre’. Fue al auto y bajó un gran fajo de dinero. El chacarero le dijo que no se lo diera porque nunca se lo iba a poder devolver. ‘Es que usted no la tiene que devolver, le respondió Caprioli. Es una atención que tengo con su familia, esto se lo saqué a los ricos’”. Dicen que esa plata formaba parte de la carga que Caprioli y sus cómplices habían robado del tren pagador de Bunge y Born.
Junto al dueño del campo había una niña, su hija, que escuchaba y miraba la escena de esos hombres misteriosos que le entregaban el dinero a su padre.
Esa nena es la anciana que hasta hace tres meses cumplía con el rito de visitar las tumbas de los tres famosos delincuentes. “Esto me lo contó ella misma -señaló Barrios- en algunos de sus viajes a Junín. Después de darle ese fajo de billetes a su padres, Caprioli la miró y, apoyándole una mano sobre la cabeza, le dijo que quería hacer un trato: ‘Yo sé que a nosotros nos van a matar, yo les pido, y dirigiéndose a la niña, que cuando anden cerca nos lleven una flor a la tumba’. Los tres delincuentes se fueron y nunca más los vieron. En 1937, luego del famoso enfrentamiento con la Policía donde murieron los tres, los cuerpos fueron sepultados, uno al lado del otro, en el cementerio del Oeste. No sé por qué, pero nunca apareció ningún familiar, de ninguno. En las sepulturas hay una placa que los recuerda y dice ‘Los Amigos’. De esa fecha hasta ahora, desde Arenales, primero era una niña, después una señorita, ya adulta, y ahora una anciana, esta mujer vino a depositar flores”.
Barrios recordó además que “cuando yo la descubrí estaba rezando. No quería ligarse al tema y me rogó que nunca hiciera público su nombre y apellido. Sí que venía a cumplir con su promesa de niña. Pero quien pasa por las sepultura podrá observar que siempre hay flores. Hay placas identificatorias que puso gente del pueblo. Ya hace unos cuatro meses que no la veo más y me llama la atención. Esa es la historia de una mujer eternamente agradecida”.
Escriben: José Gavilán
y Federico Monti
http://www.laverdadonline.com/



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