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jueves, 26 de enero de 2012

Hada de las Cucharas,El extraño y rocambolesco caso

De entre las desesperaciones cotidianas más desesperantes que le desesperaban, a Uralde Sesperado le parecía desesperante la desaparición de las cucharas de café de su casa. Por encima de las típicas pérdidas de calcetines, mecheros o bolígrafos, la pérdida continua y casi sistemática de cucharillas para el café era la principal causa de que la sonrisa del amigo Uralde no fuera tan amplia y continua como él deseara, y de que la convivencia en el hogar de los Sesperados pasara de vez en cuando por pequeños baches que si bien no hacian peligrar la unión de la familia, si resultaban molestos.


La cosa solía empezar siempre más o menos de la misma manera. Uralde se disponía a tomarse un café con leche, ya fuera por la mañana o después de comer, y cuando llegaba el momento de remover el contenido de la taza, no había nunca cucharillas disponibles por ningún lado. No es que hubieran desaparecido todas. Era algo más sutil. Se encontraban algunas para lavar, alguna otra en alguna taza de esas que se dejan de vez en cuando por ahí porque te has ido a tomar café a la terraza o a la habitación, pero cuando Uralde hacía un cálculo mental de las que tenía que haber, siempre le daba la sensación de que no estaban todas, de que debía de haber alguna limpia y disponible. Y no es que le importara limpiar una en el momento y usarla, no. Era la extraña e incómoda sensación de que no era del todo normal esa ausencia de cucharas en la casa.

Según las épocas, a Uralde se le imaginaban soluciones variadas al problema. Cuando se encontraba de buen humor, sin ningún otro problema a la vista, simplemente achacaba la desaparición a la natural torpeza familiar, incluido él mismo. Al fin y al cabo, las cucharillas eran elementos no muy grandes y era normal que alguna que otra acabara perdida y desorientada en la basura o debajo de vaya usted a saber que sillón de la casa, y terminase apareciendo en una de esas limpiezas que de vez en cuando se hacian. En esos casos, nuestro amigo Uralde simplemente compraba media docena de cucharas, las añadía a la vajilla, y no se hablaba más del tema.

Sin embargo, todos sabemos que hay ocasiones en la vida en que las cosas no terminan nunca de marchar como debieran, y exageramos cualquier detalle, por nimio que sea, a dimensiones que no le corresponderían en otra situación. Detalles tan nimios como la desaparición de unas cucharillas de café. En esas ocasiones, Uralde no se tomaba la ausencia de cucharillas limpias para su café de manera muy tranquila. Comenzaba bajito, como para él, para terminar despotricando contra el mundo. E iniciaba entonces una especie de divina cruzada contra aquella absurda desaparición de cucharillas. Vigilaba a su hija pequeña o a su mujer cada vez que usaban una para cualquier cosa, elaboraba complicados cuadrantes, con salidas, entradas, fechas y horarios de entrega, e inventarios periódicos donde contaba con minuciosidad cada una de las cucharillas existentes en el cajón de los cubiertos. Pero para su desesperante desesperación, cuando se inflamaba de aquella fiebre controladora, nunca desaparecía ninguna cuchara. Y lo único que conseguía era asustar a la niña, que al fin y al cabo sólo tenía 6 añitos, cabrear a su pareja y perder el tiempo controlando simples y sencillas cucharillas de café.

Pero he aquí que en cuanto dejaba de vigilar, cuando bajaba la guardia y abandonaba el control, llegaba a tomar un café y se encontraba con la misma situación, y vuelta a empezar.

Hasta que un día, en medio de una de esas épocas de inventarios, cuadrantes y detectivescas búsquedas de la cucharilla perdida, Uralde observó como su hija jugaba moviendo en el aire una de esas cucharas cuya existencia él tan frenéticamente registraba. Intrigado, pero también temeroso de que semejantes prácticas conllevasen la desaparición de tan (en ese momento) preciado elemento, preguntó a su hija lo qué hacía.

-Papá, ¿es que no lo sabes? Estoy jugando al hada de las cucharas

Y le contó, como sólo saben contar los niños, la historia del Hada de las Cucharas. Un Hada muy, muy especial que usaba como varitas cucharitas usadas de café, porque, como todo el mundo sabe (bueno, los mayores no, que se les olvida), tienen dentro magia, que viene de lo buenas que están las natillas de chocolate, o esos cafés de después de comer. Son varitas especiales para hechizos realizasueños, que son los más difíciles, pero los que luego quedan mejor.

Y vaya usted a saber por qué, quizás por como se lo contó, o porque Uralde estaba harto de cuadrantes e inventarios, o porque todos necesitamos nuestra ración de sueños, Uralde se quedó con el cuento, y a partir de ese momento, cada cucharilla perdida representaba una sonrisa y un pensamiento hacia el Hada de las Cucharas, que haría con ella un especial y complicado hechizo realizasueños. Nunca hubo más inventarios ni discusiones por el tema.

Y desde la puerta, saboreando un café con leche recién hecho, con su varita-cucharilla dentro, la mujer de Uralde sonrió, y pensó que el haber contado a su hija aquella historia de cucharas, varitas y hadas no había sido en absoluto mala idea, y que la verdadera magia de la vida no está en como hacer desaparecer las cosas, sino en como hacer aparecer sonrisas.

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