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domingo, 10 de abril de 2011

La fantasía Necesaria para crecer y madurar

La fantasía es una actividad psíquica considerada la base del juego de los niños y de las expresiones artísticas en los adultos. Investigaciones psicoanalíticas, sobre los cuentos de hadas, han demostrado un alto valor terapéutico y estético que ayudan a solucionar angustias y conflictos emocionales, por un lado, y, por otro, permiten reafirmar la identidad individual frente a lo colectivo.


“La fantasía establece un grado superior de la imaginación capaz de dar forma sensible a las ideas y de alterar la realidad, de hacer que los animales hablen, las alfombras vuelven, y las cosas aparezcan y desaparezcan como por arte de magia. Recoge sus componentes de la realidad interna y externa, y la transforma creando una realidad distinta. Apoyada en la imaginación, se asocian imágenes de la realidad y se las reacomoda en un todo con significado diferente. Gracias a ella, es posible integrar el cuerpo de una mujer con el de un pez y dar nacimiento a una sirena o dotar, con propiedades humanas, a los animales en el contexto de una fábula” (Mirta Rodríguez, Fantasía y Literatura Infantil).

La fantasía, en los niños, forma parte del proceso de su maduración, contribuyendo a estimular otras áreas de las conductas, en relación con la capacidad imaginativa. Desde la sanidad, la fantasía promueve la sociabilidad de los niños.

Se suele creer que los libros de fantasías sólo están destinados a entretener a los niños sin aportar un mensaje valioso. Libros infantiles así los habrá, pero no todos responden a ese criterio. Por ejemplo, la colección de Editorial San Pablo “Las hadas nos hablen de…” apunta a inculcar, al niño, valores que hoy, nuestra sociedad, no predica.

La infancia se caracteriza por suponer que las ideas, palabras e incluso deseos puedan ejercer efectos físicos directos sobre objetos inanimados (animismo); así también, comprende pensamientos sobre eventos sobrenaturales (existen seres que vuelan) y, sobre todo, una gran capacidad de crear un mundo alternativo al mundo real. Esto define al “pensamiento mágico”.

Estudios señalan que fomentar este tipo de pensamiento, en los niños pequeños, favorece que éstos incrementen su creatividad y su capacidad de pensamiento divergente (uso de razonamientos ilógicos para buscar soluciones innovadoras).

La teoría piagetiana resalta la importancia de este tipo de pensamiento, por el hecho de que el niño estructura su capacidad y sus conocimientos a través de su entorno y de sí mismo, por medio de sus experiencias e impresiones, y organizando sus instrumentos de expresión. “Así, cuando el niño escucha un cuento fantástico o de hadas, que trata sobre algo nuevo, puede aprenderlo y asimilarlo con la ayuda de sus conceptos y experiencias anteriores, y, para alcanzar una comprensión más profunda y desarrollar su nuevo concepto, acomoda sus conocimientos nuevos a sus conocimientos viejos” (Víctor Montoya, El poder de la fantasía y los cuentos infantiles).

Es de vital importancia que tanto padres como docentes acompañen este proceso de maduración, dado que siempre aparecerán ciertas dudas e inquietudes que el niño deseará compartir. Una respuesta adecuada a su edad le ayudará a construir una personalidad sana y sólida.

Debido a que los niños creen que lo imposible es posible, es positivo estimular su imaginación y su lenguaje mediante la lectura de libros estéticamente bellos, con historias que los trasladen a un universo donde conviven héroes sobrenaturales, bosques mágicos y hadas luminosas y sabias.

“Las joyas literarias más codiciadas por los niños son los cuentos fantásticos, que narran historias donde los árboles bailan, las piedras corren, los ríos cantan, y las montañas hablan. Los niños sienten especial fascinación por los castillos encantados, las voces misteriosas y las varitas mágicas. El cuento es el género en el que todo es posible” (Mirta Rodríguez, o.c.).

El tiempo “perdido” en la lectura de un cuento es tiempo “ganado” en la formación de la personalidad y fomenta mejores vínculos entre padres e hijos.

¿Son los cuentos algo más que inocentes fantasías destinadas a entretener niños? ¿Es posible que estas maravillosas narraciones, cargadas de personajes mágicos e irreales, puedan aportar mensajes valiosos? La respuesta es sí, el cuento nos invita a recorrerlo para reconocernos. Estos relatos no han sido escritos para dormir a los niños, sino para despertar su conciencia y brindarles una explicación del mundo; en ocasiones, nosotros mismos somos el cuento, ya que se ponen en escena los aspectos esenciales de nuestro ser.

Bruno Bettelheim, en su investigación psicoanalítica de los cuentos de hadas, encontró, en la trama, un inmenso valor estético y terapéutico, capaz de desencadenar las ataduras neuróticas y ayudar a los niños a solucionar sus angustias y conflictos emocionales. Sin embargo, mucho antes que Bettelheim diera a conocer su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Sigmund Freud definió la fantasía como un fenómeno inherente al pensamiento, como una actividad psíquica que reside en la base del juego de los niños y en el arte de los adultos, puesto que los instintos insatisfechos constituyen las fuerzas impulsoras de la fantasía, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria. Tanto el juego como el arte ayudan al individuo a soportar una realidad apuntalada de conflictos emocionales y contradicciones sociales.

Por último, es necesario resaltar la importancia de que el niño viva adecuadamente su infancia, etapa llena de pensamientos mágicos, dudas e inquietudes que deben ser compartidas con los padres, de quienes el pequeño debe recibir comunicación, respuestas y orientación adecuada, factores relevantes en la construcción de una personalidad sólida.
por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
joacorocha05@yahoo.com.ar



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