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martes, 22 de marzo de 2011

La princesa y el rosal Edmundo Rodriguez

Había una vez, en un país no muy lejano una pequeña niña que era la princesa de un castillo. Diana a pesar de su corta edad, era la encargada de mantener los jardines del palacio con la ayuda de Lucha que era además de su institutriz su confidente y complaciente amiga.

Lo que solo Lucha y por supuesto la pequeña Diana sabían era que el jardín del palacio era un jardín mágico porque ahí vivía un hermoso rosal que además de hablar procuraba las mas hermosas rosas del reino.
Cierta tarde de primavera, Diana le pidió al rosal una flor especial para su papá el Rey que en pocos días sería su cumpleaños.

- Querido rosal, dijo Diana yo se que todos los días trabajas arduamente para dar las mas hermosas flores del reino pero quisiera pedirte un favor especial.
- Se trata de mi papá, dijo Diana con seriedad. En unos días será su cumpleaños y me gustaría regalarle una flor diferente a las que él ha visto en su jardín
¿Puedes ayudarme?, dijo interrogante.
- Claro que puedo ayudarte pero me niego a hacerlo porque tu padre el Rey de unos años a la fecha se ha convertido en un gobernante necio y egoísta que se ha dedicado a maltratar al pueblo.


- Por favor rosal, tienes que ayudarme….!. Si me ayudas, usaré el mejor abono y cortaré con mayor esmero las malas hierbas del jardín.

Después de varios minutos de convencimiento, el rosal decidió ayudar a Diana con su encargo y le pidió que regresara a la tarde siguiente.
Al día siguiente princesa Diana acudió a su cita.

El hermoso rosal, le entregó a Diana una planta de un color verde brillante con un fuerte tallo y en la punta un capullo de un alegre color amarillo
Diana, un poco decepcionada por el regalo, no logra ocultar su descontento y le pregunta al rosal que tipo de flor era “esa”

- “esa” es una flor del desierto, dijo el rosal

- Esa flor, al abrir el capullo aparece una flor de un color naranja y despide un delicado aroma que impregna por días la habitación en donde se encuentra.
- Lo que también debes saber es que esta especial flor crece y muere en unas cuantas horas pero su singular perfume perdura por meses

Diana, menos preocupada, agradece al rosal el especial regalo y cumple su palabra de arreglar el jardín con el mejor abono del reino. Para cumplir con su palabra, Diana trabajó por días cortando la mala hierba y abonando el jardín.

A pocos días del cumpleaños del Rey, iniciaron los preparativos. Muchos de los súbditos del castillo no tuvieron mas alternativa que adornar, limpiar y arreglar el Castillo.

Las órdenes del Rey se escuchaban por todo el Castillo y con un trato prepotente indicaba a sus vasallos donde colocar las mesas y preparar el camino para el desfile.

El derroche del rey era evidente pero su pueblo que aún recordaba los buenos tiempos, finalizó los trabajos en tiempo.

Mientras tanto, la princesa Diana escondió la flor del desierto hasta el día del cumpleaños de su padre. Ese día la princesa llevó la flor hasta la habitación del Rey y con una gran sonrisa entregó a su padre el regalo que con mucho esmeró cuidó y escondió para que fuera una sorpresa.

El Rey mas preocupado por los detalles del desfile que en el obsequio de su hija; apenas y prestó atención de las indicaciones de su hija ya que debía estar en su habitación antes de media noche, hora en la que la flor abriría su capullo.

El desfile inició según lo previsto; majestuosos elefantes encabezaron el evento, le siguieron caballos e intrépidos malabaristas. Una larga fila de carruajes de diversas provincias del reino, acudieron a visitar al Rey más por temor a represalias que por el gusto de felicitarlo. Grandes platillos se sirvieron. Un enorme lechón al centro de la mesa, platillos de diversos sabores, vino y bebidas exóticas preparadas para tal ocasión se sirvieron sin medida.

Con el alboroto de los festejos, el despreocupado Rey llegó a su habitación cuando el último pétalo marchito de la flor, se desprendió de su cáliz pero un hermoso aroma impregnó la habitación. Al instante comprendió que no prestó atención al regalo de su hija pero se quedó dormido por todas las actividades realizadas en el día.

Al despertar el Rey se sentía muy triste por haber fallado a las indicaciones de su hija y arrepentido decidió hacerla llamar para contarle lo sucedido.

- Querida hija, dijo el Rey
- Te debo confesar, que por mis execos en el desfile que yo mismo me organicé, no llegué a mi habitación a la hora indicada para presenciar como abre el capullo de la flor que tu me obsequiaste por la mañana

Diana con lagrimas en los ojos escuchó la explicación de su padre pero también le confesó el arduo trabajo que realizó para conseguir su especial regalo. El Rey sintió agradecimiento y arrepentido, le prometió a la pequeña Diana que cambiaría su forma de proceder y prestaría mas atención en sus consejos y en las protestas de su pueblo.
Desde aquel día, el rey modificó su comportamiento con todas las personas del Reyno en especial con la pequeña Diana con la que ahora compartía momentos de mucha armonía. Ese fue el principio de días maravillosos entre el rey, Diana y muchos trabajadores del reino

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