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lunes, 21 de marzo de 2011

Cuentos DE HADAS CELTAS

Hablar de cuentos de hadas sin duda formará en los desprevenidos imágenes empalagosas, ñoñas y decididamente equívocas, toda vez que los contaban en nuestra niñez eran, a juicio de muchos de nosotros, tontos y aburridos. Habrá quienes discrepen de esta opinión un tanto lapidaria, y están en su derecho; en lo personal, a la mayoría no les encuentro mucha gracia.
Pero a veces, claro, se torna un tanto difícil no creer en la existencia de seres mágicos invisibles al ojo humano pero que dejan insinuar sutilmente su presencia; por ejemplo, en los claroscuros de un bosque virginal arrullado por un susurrante arroyo. Fueron muchas las civilizaciones que creyeron advertir la presencia de seres así en las maravillas naturales que las rodeaban; y entre ellas, cómo no, la céltica. De hecho, la concepción que nos hemos formado de las hadas y otras criaturas feéricas deriva en gran parte del imaginario celta.

Roberto Rosaspini Reynolds, a esta altura casi un afiliado permanente a esta sección de Shvoong, nos había detallado ese imaginario en su obra Hadas, duendes y otros seres mágicos celtas. Aquí regresa trayéndonos trece cuentos que ejemplifican la riqueza del folklore celta. Nueve de ellos, según afirma el autor, fueron casi todos recopilados previamente por William Butler Yeats, un poeta irlandés de quien no he tenido el placer de leer nada hasta el momento, pero que sin duda es famoso, entre otras cosas, por su interés en dicho folklore; otros dos fueron recopilados por Joseph Jacobs; uno más procede del ciclo literario de Finn McCumhall, y el restante deriva del folklore gallego. Rosaspini Reynolds intentó de esta manera acercarse tanto como fuera posible a los relatos originales. ¿Tuvo éxito? Ni él mismo tiene forma de saberlo. En la introducción comenta precisamente cómo esos relatos se han metamorfoseado de modos a veces insólitos en los últimos años, y se pregunta por los múltiples cambios anteriores que puedan haber sufrido y de los cuales no tenemos constancia. Originalmente, esos relatos eran trasmitidos por vía oral; y fueron puestos por escrito sobre todo por clérigos cristianos muy interesados en filtrar y eliminar las últimas reminiscencias de paganismo y que, por esa razón, alteraron o pudieron alterar las versiones originales. De cualquier forma, la intención está allí y se agradece.

En cuanto a los relatos seleccionados, son muy ilustrativos de la etimología de la palabra hada, que no en vano deriva del romano fatum, destino. Y ya se sabe, el destino puede ser favorable, adverso y, por sobre todo, caprichoso. De ahí que, en cuanto aparezcan las hadas y otros seres mágicos en estos cuentos, carezcamos de garantías respecto al final, que puede ser feliz pero no por fuerza lo será. Unos cuantos de ellos han gozado de amplia difusión, como por ejemplo Las hadas de Knockgrafton, Gilla na brakon an gour y la princesa triste, La bella Janeth y el príncipe Sith y La larga vida de Ossian, pero no necesariamente en las versiones que aquí se incluyen, por lo que están lejos de resultar redundantes. Nunca faltará, por otra parte -y yo soy un buen ejemplo de ello- quien reprima el aliento a medida que transcurre la narración, esperando el momento crucial de la misma, como niños que aguardan el clímax de su cuento favorito. Porque de eso se trata, precisamente, y lo aclara el propio autor al comienzo de este libro: de volver a ser niño y disfrutar como tal, sin complicaciones, cuentos de hadas que hagan más justicia al género y se alejen de la simpleza y rutina argumental de, por ejemplo, La Cenicienta o La Bella Durmiente, con finales cantados de antemano y sin lugar para el asombro a menos que Disney metiera mano en ellos al llevarlos al largometraje de animación como efectivamente ocurrió sobre todo en el segundo de los mentados. En eso sí obtiene Rosaspini Reynolds éxito rotundo, en mantenernos en vilo de principio a fin con cada uno de estos cuentos. Lo que no quiere decir que no nos deje una yapa -bonus track, si se prefiere- a nivel instructivo en las notas finales de este libro. A ellas, para aclarar términos o circunstancias relacionadas a la trama, remiten los números que aparecen en el texto, capítulo por capítulo, y donde se nos hablará un poco, por ejemplo, de un deporte celta conocido como hurling y de cierto tipo de hechizo conocido como geis, añadiendo méritos al libro.

Y por si eso fuera poco, la tapa fue diseñada por Mario Blanco sobre una ilustración de uno de los grandes maestros en al arte de dibujar criaturas mágicas: nada menos que el ilustre Brian Fround. Mayor lujo, imposible.



es.shvoong.com/



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