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lunes, 17 de octubre de 2011

El río Cauto: Mito y leyenda

El no-ser siempre está mirando al ser. Está mirando su angustia. Alguien dentro del hombre mira al hombre. Es su vecino más cercano, pero siempre está en silencio. Nunca dirá nada. Nunca le da un mensaje, nunca le susurra un consejo. Lo sabe todo sobre el hombre, pero nunca le dice nada.


El no-ser es como el Cauto, ese río de Cuba, el más caudaloso. Está siempre en silencio. A no ser que el ser entre en él, penetre en su núcleo, nada se sabrá del misterio que esconde. El Cauto es el no-ser del valle histórico cubano oriental. Mira todo lo que se representa en el valle, de la historia y la geografía, de la poesía y la mitología, pero nunca dice una palabra al respecto. El no-ser de cada hombre, nacido y vivido en el valle del Cauto, conoce toda la historia, ha visto el embrión y sus imágenes, pero nunca le dice nada al ser. Si de pronto surge la lejanía, el contacto con el vacío, con lo que Goethe denominaba “lo más apartado de nosotros”, surge una comprensión.

Resulta útil saber que el río Cauto debe su nombre a una visión esotérica humana antigua, simbólica del misticismo occidental en relación a la antigua tradiciones mistéricas orientales. No sabemos exactamente cuándo el caudaloso río fue nombrado. Pero los documentos más antiguos datan de la segunda mitad del siglo XVIII. El nombre que lleva el río, el Cauto, está relacionado con el origen de la masonería en la región. Fuero los masones lo que dieron nombre al río más caudaloso de Cuba. Cauto en la tradición taoísta significa sendero para regresar al origen del Tao. En la tradición masónica significa lo mismo, fluencia, transmutación, purificación.

Cauto proviene de la palabra sánscrita fluir. Los taoístas usaron esta palabra para señalar el camino del Tao, la búsqueda interior, el contacto con el alma. Por lo que la palabra cauto, camino, sendero, es muy significativa y encierra un simbolismo muy importante para su valle. En nuestra superficie estamos estancados, pero en el fondo el alma fluye. Los hombres que habitaron este valle fueron tocados por la magia del Cauto, por la búsqueda interior. Carlos Manuel de Céspedes, masón en su época, le dedicó en 1852 un poema que dice así:

Naces ¡oh Cauto! en empinadas lomas,
Bello desciendes por el valle ufano;
Saltas bulles y regando aromas.

Luego el arranque fervoroso domas,
Y hondo, lento, callado, por el llano
Te vas a hundir en el inmenso océano;
Tu nombre pierdes y sus aguas tomas.

Así es el hombre: entre caricias nace,
Risueño el mundo al goce le convida;
Todo es amor y movimiento y vida,

Mas el tiempo sus ímpetus deshace,
Y grave, serio, silencioso, umbrío,
Baja y se esconde en el sepulcro frío.

http://angelcallejas.wordpress.com/



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