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domingo, 3 de julio de 2011

Quijotes e indignados

«Todos tenemos un lado práctico y otro idealista, y la vida es una lucha constante para guardar este equilibrio»
CALLA y ten paciencia, que día vendrá donde veas por tus ojos cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio' le decía Don Quijote a Sancho cuando este se quejaba de no ver los resultados prometidos por el insigne caballero andante. Su poco entendimiento de la política y de los objetivos de su señor no llegaban a nublarle la realidad de que lo que para Alonso Quijano era el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, y el ruido de los tambores no dejaban de ser, ciertamente los balidos de las ovejas y de los carneros de un rebaño. Los discursos de Don Quijote se volvían soliloquios en la ancha y tozuda frente del escudero, entre el miedo y la lealtad, entre el servilismo y la ambición, entre la realidad y la fantasía. Que todo se contagia.

En esta historia extraordinaria están recogidos todos los comportamientos humanos, con sus grandezas y sus miserias, con las contradicciones de cada uno de nosotros, y en él se refleja con sabiduría excepcional la precariedad de todas las instituciones humanas.
No le hizo falta ninguna a Cervantes instruirse en la ciencia de la psicología y sociología, ni pertenecer a ningún observatorio, fundación, ni partido para observar la maquinaria social que conforman las vastas relaciones humanas, y sacar la conclusión de que todos tenemos un lado práctico y otro idealista, y que la vida es una lucha constante para guardar este equilibrio.
Pero, por mucho que nuestro personaje parezca un loco de atar, con el cerebro seco, y un total confusionismo en su atávica personalidad, nos deja una lección magistral de valentía y honestidad, ya que todos sus actos están motivados por la seriedad, la generosidad, los valores morales, y la belleza. Nunca por el interés, salvando la vanidad con que proyecta su locura, que le hace más humano.
Porque Don Quijote era también un indignado con las patrañas de su tiempo, y novelaba con el deseo de un mundo feliz, en el que la justicia y la lucha contra toda clase de males se estrellaron con una voluntad impetuosa y delirante, de tal modo que no distinguía realidad y deseo.
Este romántico social de un lado, y con aire aristocrático por otro, nos sirve para comprender muchos de los acontecimientos actuales. La historia siempre se repite, dicen, y aunque la ciencia y la tecnología se han desarrollado de forma que han cambiado el mundo, no debemos de olvidar que el corazón humano nace y muere con las mismas pasiones de siempre.
Nuestro héroe se tomó, eso sí, la justicia por su mano, y se largó en solitario a un mundo que, según él, le esperaba con impaciencia para que cambiase las cosas. Montó su escuálido caballo y le dio un nombre sonoro, arregló sus viejas y desvencijadas armaduras, y como le faltaba el yelmo se colocó una especie de palangana en la cabeza. Salió y volvió por compañía, pues enseguida cayó en la cuenta de que todo caballero que se preciase tenía que llevar su escudero, como el galán su criado, como el político sus adláteres, que le sirven, le escuchan y a veces le advierten del peligro.
Buscó una amante, que era cosa propia de su condición, e hizo que le nombrasen caballero, porque era un simple hidalgo y necesitaba curriculum. De este modo, volvió a salir tan gallardo, tan alborozado que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Este maravilloso personaje que vive entre la locura de sus acciones y la cordura de sus sentimientos lo traigo al caso porque llevo dándole vueltas a si hoy podría representar a los indignados -por los agravios, abusos y sinrazones que han tenido que soportar- o a la clase política, que pierde el sentido de la realidad cuando se cree salvadora del pueblo, cuando se cree lo que dice y promete ínsulas, utilizando un lenguaje de ideologías superadas&hellip
Pero no, no, porque Don Quijote no mentía, no apañaba, no se doblegaba, no comía ni dormía, no se vendió nunca ni compró prebendas. Tenía el orgullo y el honor de un bien nacido. Su entrega a la causa era total en cuerpo y alma, y sufrió los avatares del destino con enorme entereza, sin flaquear. Más bien quizás, los indignados representen al pueblo realista, que desde las adversidades diarias conserva la clarividencia y el sentido común de Sancho Panza y pidan menos fantasía y más pan.
Y que, por amor de Dios, acaben ya las calabazadas que se da mi señor y concluya de una vez esta penitencia, que todo es cosa contrahecha y parece de burla. Porque el reino prometido de Micomicón no existe. Y Dulcinea tampoco. Porque los indignados representan la hartura de la desilusión y el fin de la paciencia.
Por eso, me parece un acontecimiento imperfecto, lógicamente, pero positivo. Su constancia y presencia tiene un gran valor que yo agradezco, y desde luego al menos han conseguido que de ahora en adelante nuestros políticos se lo piensen bien todo y no jueguen con un pueblo al que muchos de ellos han tratado con desprecio desde sus alturas, porque le creían sumiso eternamente, sin palabra pero con voto, en fin, un número.
No más. Con sus manifestaciones, han reivindicado los valores de la justicia, la seriedad, el sacrificio de todos y la honestidad. Se han manifestado, excepto algún grupo de gamberros, invocando la calma y la no agresividad. Demasiado bien para lo que se ha soportado en este país. Que aprendan algo de temeridad aquellos que nos gobiernen. Ni son dioses ni su presencia en la vida pública debe ser vitalicia. Hay mucha gente preparada y con ideas, y no tienen que ser siempre los mismos. Y que lean 'El Quijote', que ya son mayorcitos.
Todos tenemos algo de Alonso Quijano y de Sancho Panza, que se querían y admiraban, porque cada uno en su ser eran honrados. Pero para morir, volver a la realidad, salir de la locura y de la fantasía, y pisar tierra. 'Ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron, y ahora que he escarmentado en cabeza propia, las abomino'. Palabras de un loco que ante la muerte volvió a la cordura. Que así sea.

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