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lunes, 28 de febrero de 2011

La reina de Sabá

Miren cómo crecen los lirios del campo, no se fatigan ni hilan; pero yo les digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos”. Estas palabras del sermón de la Montaña, de un fragmento del Evangelio de hoy (Mt 6, 28-29), introducen la figura de Salomón, el creador del reino unido de Israel, personaje convertido en símbolo de la sabiduría política e intelectual (que mucha falta nos hace hoy), Cristo lo evoca en el esplendor de sus vestiduras reales. Aquí también lo quiero recordar en forma indirecta, describiendo uno de los momentos más excelsos de su carrera.

Ya es un rey conocido a nivel internacional y llega a Jerusalén, sede de varias embajadas, un personaje del exterior de elevada categoría, en visita de Estado.
Se la ha definido como reina de Sabá y su entrada a Jerusalén con su cortejo había dejado con la boca abierta a la muchedumbre que se amontonaba para admirarla: “Entró en Jerusalén con un gran séquito de camellos, cargados de aromas y oro en abundancia, y de piedras preciosas” (1 Re 10, 2). La historia del arte cristiano se ha dejado conquistar por este grandioso desfile. Inolvidable en el fresco de Piero Della Francesca, en el ciclo de la leyenda de la Santa Cruz, pintado entre 1452 y 1459 en la iglesia de san Francisco, en Arezzo, donde Salomón y la reina, con vestidos suntuosos, tienen su encuentro en un decorado espléndido. Rafael, en cambio, en las Estancias Vaticanas, representa la reina que avanza hacia Salomón que, ya canoso pero solemne, va a su encuentro con los brazos abiertos mientras alrededor, los siervos le traen regalos preciosos.
Sabá, en hebreo Sheba, no era Etiopía como imaginará la posterior fantasía popular, sino un Estado situado probablemente en la parte sudoccidental de la península arábiga, correspondiente en la práctica al actual Yemen. Por lo tanto se trataba de los Sabeos, citados muchas veces en la Biblia, una población dedicada al comercio de especias, oro y piedras preciosas, conocida también por las inscripciones descubiertas en su capital Mareb. Pero en realidad el texto bíblico de 1 Re 10 trata sobre todo de describir ese encuentro como un diálogo entre sabios, obviamente con la superioridad de Salomón. Se tiene así ocasión de mostrar no sólo la conexión entre sabiduría y política (indispensable para nuestra patria en todos los niveles), sino también de celebrar la superioridad de la sabiduría hebrea.
De hecho en su discurso oficial la reina se Sabá alaba con énfasis la gestión del poder por parte de su colega Salomón, pero al final concluye con una “bendición” de claro signo religioso, semejante a una profesión de fe bíblica: “¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti, poniéndote sobre el trono de Israel! En su amor eterno a Israel te ha constituido rey, para administrar el derecho y la justicia” (1 Re 10, 9).
Casi un milenio después, Jesús evocará ese acontecimiento de política internacional en clave simbólica, aplicándolo a sí mismo: “La reina del sur se levantará en el día del juicio contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón; y aquí hay alguien que es más que Salomón” (Mt 12,42).
Jesús nos comunica lo céntrico de su mensaje de salvación en el sermón de la Montaña, capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de san Mateo que hemos estado escuchando estos últimos domingos, y desea ardientemente que le prestemos atención porque aquí se expresa la sabiduría divina que es necesario adquirir para ser sus seguidores -en justicia y derecho- hasta la casa del Padre.

/www.elmundodeorizaba.com/



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