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lunes, 17 de mayo de 2010

Hidalgo es magia

La tierra nos regala un árbol de 400 años de edad. El agua corre por un cañón. El fuego alza los globos aerostáticos y el aire se respira fresco en la sierra hidalguense
HUASCA DE OCAMPO. — La neblina aún sigue sobre el pueblo. Las chimeneas de las casas están humeando y algunos gallos siguen cantando.

Llegamos a Posada del Lago. Isidro, dueño del hotel y restaurante, nos recibe como a todos sus huéspedes, con una risa que transmite confianza. Dice que el desayuno está listo. Mi vista se queda fija sobre su gran jardín de rosas, lilis, alcatraces, bugambilias; mi olfato quiere encontrar el árbol huele de noche.


Fruta picada, huevos revueltos y café. La comida tiene un sabor diferente. La fruta sabe por demás dulce, con todo y que la piña está pálida. Los huevitos no son tan amarillos. La respuesta es que ahí mismo cosechan todo lo que sirven en esas mesas rústicas en las que ahora nosotros almorzamos.

Entre flores y legumbres hay siete cabañas, todas con vista a la presa de San Antonio Regla, en donde fue inundada la hacienda del mismo nombre.

Navegamos sobre ella. Del agua emerge parte del chacuaco (la chimenea del horno), resalta tanto como la iglesia que está sobre un monte y a la que llegan personas solamente el 12 de diciembre.

El mayor atractivo del paseo acuático es llegar a los prismas basálticos. Bueno para quién no conoce las formaciones rocosas, pero malo para quienes los hemos visitado más de tres veces. La paseada dura como media hora.

Nos urge llegar de nuevo con Isidro para entrar al temazcal.

Hemos tomado un baño de agua caliente para quitar crema y demás menjurjes que traemos en el cuerpo. La cabaña tiene su propio temazcal y cabemos dos personas sin problemas . En una cubeta han vertido la infusión que lleva: hojas de lechuga, pétalos de rosa, manzanilla, romero y pastura de limón. Con un jarrito derramamos poco a poco esa agua sobre las piedras calientes.
Todo en silencio. Sólo se escuchan nuestras respiraciones. No existe parte del cuerpo que no esté escurriendo de sudor. Tenemos media hora para soltar toxinas. No se puede más, podemos deshidratarnos. Cada dos o tres minutos le echamos más agua a las piedras. Nos untamos los pétalos y un poquito de limón para que su aroma penetre los poros.

Se acaba el encanto

Isidro llama a la puerta. Interrumpe nuestro reposo: “Tomen una tacita de té de yerbabuena”. Reniego de tener que salir de esa habitación en donde cruje la leña de la chimenea. Afuera está nublado y hace frío. Ingrato Isidro, era tan bello para ser verdad, le digo, y él suelta la carcajada. Como premio de consolación me regala dos botellas: una de licor de pera y otro de membrillo.

Cuidado con los “niñitos”

Unos polluelos se atraviesan entre las piernas de Librado, dueño de unas cabañas retiradas del centro de Huasca y compadre de Isidro. Ahí es Barranca Honda. El terreno por donde corre Libradito, su hijo, es enorme. Hay alberca y sillas para echar una platicada a gusto aunque los mosquitos se aferren a sacarnos un poco de sangre.

Librado, orgulloso, dice que Felipe Calderón estuvo ahí hace dos años celebrando el Día del Niño, que escogió el lugar por tranquilo. Sí, no lo desmiento.

Caminamos entre árboles con heno colgando. Estamos en donde, se dice, habitan duendes. El hotel tiene su propio museo en honor a estos traviesos.

Para darnos la explicación se une a nuestro grupo una especialista, Cristina Cortés. Sentados en unas pacas de paja y entre duendes de juguete colgando por las paredes la escuchamos.
Abre sus ojos verdes y en su voz ronca se siente la pasión por el tema que parece salido de un cuento. Advierte que igual saldremos con el cabello trenzado así como las crines de los caballos.

Nos regala su libro y nos enseña las colas de sus caballos con los famosos “columpios”, trenzadas por los propios duendes para jugar.

El museo tiene tres salas con fotos, más colas de caballo, muñecos, testimonios y souvenirs. El recorrido completo dura 40 minutos y la entrada es gratis.

Al final todos nos tocamos el cabello para ver si no traemos un nudo, mientras interrogamos a Libradito, quien afirma que en su infancia vio más de dos veces a los duendes. “No son malos, son traviesos, su tamaño es como el de un niñito de tres años”. Su hermana un día dejó de creer en ellos. Al otro día amaneció debajo de su cama, envuelta entre las cobijas y con un “columpio” tejido.

El árbol milenario

Ha caído la noche. Los grillos ya cantan y ahí, después de varios años, volvemos a ver luciérnagas. Cada quien toma su antorcha. Librado hace su presentación como guía nocturno.
Emprendemos la caminata nocturna hacía el árbol de los deseos: un encino de más de 400 años. La leyenda dice que es habitado por hadas y duendes, por eso llevamos dulces para dejárselos y ver si así nos conceden lo que esa noche vamos a pedir.

Estamos en medio de bosque. El heno cae como una abundante melena. Lo que de día se ve maravilloso, de noche es tétrico. Tropezamos, nos rasguñamos con varas, hay resbalones donde el suelo es arcilloso, de ese que sirve para las mascarillas de barro.

En la caminata también se cuentan historias de terror. El trayecto se me hace eterno y las manos me sudan. De quien me sujeto siente como entierro mis uñas.

De pronto el camino está libre de árboles y aparece el encino. No parece uno, sino varios bien juntos. Sus ramas casi rozan el piso y el tronco es anchísimo. Impresiona su inmensidad.
Lo toco y lo saludo. Lo que le pido nadie lo escucha, ni tampoco escucho lo que los demás desean. Dejo mis dulces. En su tronco se ven marcas de balazos, también lo han querido quemar. La gente del pueblo no ha permitido que su gigante muera. Es como un monumento.

Ahora estoy en espera de que se me cumpla el deseo, sí eso pasa debo regresar para agradecerle el favor.

Viridiana Ramírez
El Universal



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