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martes, 9 de agosto de 2011

La cueva de las profecías, Rubén Castillo Gallego



La cueva de las profecías es una novela, pero permítaseme decir que es un bello cuento apto para lectores y lectoras de cualquier edad, incluso me atrevería a decir que para lectores ya entrados en la provecta edad, donde su lectura les retrotraerá- como a mí me ha ocurrido- a aquellas aventuras a las que nos enfrentábamos en un mundo donde no había teléfonos móviles, donde los niños podíamos salir a la calle a jugar, donde nos caíamos y prestos volvíamos a levantarnos, sin importarnos los rasguños, auténticas cicatrices del héroe de nuestras historias tan ajenas a nintendos y xboxes.


Y eso que Joaquín, el protagonista de la historia, tiene doce años, vive en la ciudad y conoce muy bien todos los adelantos tecnológicos de los que hemos hablado más arriba. Pero es tan fantástica la historia que le aconteció que no ha podido evitar contárnosla, aunque todos los indicios iniciales apuntaban más bien a una travesía del desierto por aburrimiento, una vez que sus padres le informaron de que se iba a pasar unos días con tía Paloma, pues ellos tenían cita con el doctor Rubio... ¡con objeto de buscar definitivamente un hermano!!

¿Y dónde vive tía Paloma? Según la definición de Joaquín: “en medio de ninguna parte, rodeado de montañas peladas, sin chicos ni chicas de mi edad, sin conexión a Internet, y con dos libros que no pensaba abrir” (Pág. 20), visto así iba a pasar una semana muy aburrida, aunque él ya había planificado dedicarse a ir por los alrededores, de exploración, una idea que le vino de repente y que, antes de ir a casa de tía Paloma, le pareció estupenda.

Ni corto ni perezoso, el primer día, tras haber sido despertado por los ruidos propios del campo, se marchó a la aventura, bajo un sol que iba calentando a cada paso de la aguja del reloj, por lo que necesitaba dónde refugiarse hasta la hora de comer, ya que si volvía antes, tía Paloma se daría cuenta de que no cumplía su promesa- le había dejado escrita una nota informándola de su regreso para la comida-. Pero su objetivo oculto era que cuanto sus padres llamasen, su tía les informaría de que siempre estaba por ahí, que no lo veía, y ello les haría sentirse culpables y volverían a por él para sacarle de aquella cárcel siberiana.

Joaquín encontró una cueva, cuya entrada estaba escondida por matorrales, su suelo era de arena muy fina y que estaba fresquísima, como comprobó cuando se sentó... poco antes de dormirse.

No debo continuar con la historia, por que pretendo que tú, desconocido lector o lectora, entres en el libro de Rubén Castillo Gallego y descubrir por qué “las cosas más importantes del mundo no pueden ser entendidas de un modo racional: ni el amor, ni la muerte, ni Dios” (Pág 112).
Rubén Castillo Gallego
La cueva de las profecías
Edimáter, octubre de 2010

Francisco Javier Illán Vivas

/agoralarevistadeltaller.blogspot.com/



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