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martes, 10 de noviembre de 2009

Dragó y su gato con botas

Fue amo y señor, gatuno y numantino, de las Tierras Altas de Soria, allá donde Don Quijote se las tuvo que ver con los yangüeses. Fue adalid felino, un micifú de campeonato, legendario minino hoy, un año transcurrido de su muerte en acto de servicio, inmolado para salvar la vida de una niña, precisamente la nieta, Caterina la llaman, de quien fuera padre en la literatura y padrazo en la vida del morrongo, Fernando Sánchez Dragó.
Gato con botas de las siete leguas y aún más, dejó la casa natal en busca de aventuras y en busca de un nombre, y Soseki (sosiego, en japonés) tuvo a bien ponerle el tal Dragó, caballero de la Orden del Escarabajo, escritor amigo de encantamientos, convocante de magias y hechizos, descubridor de Gárgoris, de Habidis, y morador desde hace diez años de un pequeño rincón en estas Tierras Altas, en Castilfrío de la Sierra, aunque bien pudieran haberle dicho Castilhelado de la Sierra, territorio libérrimo y estepario donde Soseki hizo de las suyas, tierra de blasones y de indianos, donde el gato Soseki se convirtió en historia, primero, y ya en leyenda ahora.


El gato y la patrona


En el interin, el michi fue estrella de la televisión (visitó un par de telediarios, y un programa cultural), viajó en todos los coches que se dejaban una puerta abierta, encandiló a la Carrascala, la virgen patrona del lugar, se fue de juerga varias veces, asistió a aquelarres, se escondió en el acebal (un paisaje misterioso repleto de duendes y otros inquilinos de los mundos esotéricos), se encontró con los druidas en el dolmen, aventuras por allá y por acullá, pero siempre castas, que sabiamente su amo le había desprovisto, casi un cachorrillo, de sus atributos.


Soseki dio su vida por salvar otra, la de la niña Caterina, y Sánchez Dragó partido por el rayo del desconsuelo y de la pérdida, pensó en restañar sus heridas haciendo crónica de la vida y los milagros (también fue gato milagrero, sanador del asma alérgica de Naoko, la esposa de Dragó), y así lo hizo, poniendo pezuñas, perdón, manos a la obra, durante diez meses a razón de diez horas diarias hasta escribir el colorín colorado a este a esta historia de las de antes y de las de siempre, llamada«Soseki, inmortal y tigre» (Ed.Planeta), una gatomaquia de sonrisas y lágrimas.


Lágrimas las que le ha costado a Dragó el empeño, lágrimas que le sigue costando cada vez que el marramaquiz se le viene a la cabeza.

Una novela, un cuento, una fábula: «Si mil gatos soñaran un día lo mismo al mismo tiempo volverían reinar sobre la Tierra. Por eso duermen tanto», le cuenta el abuelo metido en harinas de novelista a su nieta. Soseki, un gato de viaje iniciático por la estepa castellana, en busca de su gatuno santo grial.

«Soseki» llegó a casa en Nochebuena, iba buscando un nombre y buscando su alma.

Sabía que tenía que cumplir una misión y lo hizo al inmolarse como un numantino y salvar a mi nieta».


Ficción, realidad, alegrías y tristezas, a Sánchez Dragó y a quien haya compartido mesa y hacienda con un gato, y una mañana de septiembre por ejemplo, le haya visto irse a los pies de su cama camino del paraíso, más de una vez se le quedará el alma en parihuelas leyendo estas páginas. Pero, hay consuelo, porque Soseki, Lope y tantos otros están como bien sabían los egipcios en el cielo de los gatos.


Allá donde da la vuelta el aire, en las Tierras Altas,en Castilfrío, en la casa de un escritor, al pie de un olivo, un gato numantino, Soseki, duerme el sueño de los héroes y un epitafio le mantiene ovillado en el regazo de nuestra memoria: «28-11-2008. Ser como tú / surcando el infinito / tigre de luz». Mientras no le olvidemos seguirá vivo para siempre.



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